¿Te dejas llevar?

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Nunca sabes cómo terminará o en qué terminará esa acción tan simple como “fluir” o dejarse llevar. Es una buena manera de vivir nuevas experiencias, pero tan solo si aceptas que, el final es inesperado, y difícilmente lo podrás predecir.

Realmente, no estoy segura de cuántas veces en mi vida me he dejado llevar, mucho menos recuerdo cuántas de ellas terminaron en algo bueno. Pero, ¿nunca te has cansado de los días monótonos? ¿Nunca has querido sentir algo distinto?

Dejarse llevar es muchas veces como una ruleta rusa, que puede terminar en algo fatal, una experiencia común o… algo extraordinario.

Al dejarme llevar, algunos problemas se convirtieron en ventajas y algunas ventajas en problemas. Dejarme llevar me llevó a conocer a quienes jamás habría imaginado, personas llenas de vida y otras a las que tuve yo que revivir con lo que quedaba de mi aliento. Todavía hoy me pregunto, ¿que les habrá pasado? ¿Qué será hoy día de ellas?

Y dejarme llevar… eso fue lo que me llevó a conocer a uno de mis primeros amores, a quien amé de una forma irrepetible… Porque, aunque puedes amar más de una vez, nunca será igual. Cada uno de ellos tiene una huella dactilar. Nunca amaras de la misma manera.

Me detuve varias veces en muchos puntos de mi vida, mirando hacia los lados para saber si estaba en el lugar correcto. Y es ahora que me he dado cuenta de que, al dejarme llevar aprendí muchas lecciones de vida. No siempre fue lo indicado, muchas veces fue la peor opción, pero poco a poco me construyó una personalidad.

Fue entonces cuando entendí que dejarte llevar es una de las decisiones más irónicas. Que para afrontar la ruleta rusa, necesitas carácter para disfrutar de lo bueno y aprender de lo malo. Pero no siempre quienes se dejan llevar tenemos este carácter. Al final del día, sea cual sea tu decisión para mañana, nunca olvides que junto al amor de tu vida o sin él, desde lo más bajo o desde las alturas, te tienes a ti y es lo que más importa.

Déjate llevar, pero siempre ten en cuenta hasta donde.